Poema Del Lavadero de Federico Bermúdez y Ortega


Poema Del Lavadero

Es el patio angosto de la cuartearía;
es el corto espacio donde en formación
las mujeres lavan todo el santo día,
bajo la techumbre de una galería
que ni al agua escapa ni a la luz del sol.

Es la fiebre intensa del austero agosto;
el sol va a fundirse, trepando al cenit;
el jabón fermenta dentro el seno angosto
del balay añejo, cual lo hiciera el mosto
dentro de la cuba do sangró la vid.

¡Jóvenes mujeres, del deber esclavas,
cumplen afanosas con su gran deber,
y a pesar dcl astro que vomita lavas,
todas encorvadas, sumisas y bravas,
sudan, lavan, sudan, ¡qué vamos a hacer!

¡Es la ingente lucha por el cotidiano
blanco pan de trigo para el pobre hogar!
Goce de la blanda siesta el soberano
mientras ellas sudan bajo el meridiano
por la gran conquista del mísero pan!

Vestidas de andrajos, como pordioseras,
con trajes añejos que probando están
con las numerosas trizas volanderas,
flameantes al aire (como las banderas
cuando jironadas) que no pueden más;

Son las elegidas, las desheredadas;
¿qué otra cosa esperan del querer de Dios?
Por la noche rezan todo resignadas,
y si el gallo canta por las madrugadas
¡miran, las conformes, todas encorvadas,
que hace ya un momento fermentó el jabón!

Y el bregar comienza con los resplandores
del fulgor primero del orto del sol;
y haya malos días y haya días peores,
que por sobre penas, fiebres y dolores,
¡el pan no se ablanda si falta el sudor!

Y en el corto espacio de la cuartearía,
ni una sola frase de inconformidad:
risas y palabras llenas de alegría,
desde que con ellas se despierta el día,
hasta los comienzos de la oscuridad.

Rostros satisfechos, boca sonreída,
frentes inclinadas, ceño natural:
¡cuánta mansedumbre bajo tanta herida!
chistes, cantos, risas, himnos a la vida,
bajo tanta pena, bajo tanto mal.


Sus manos expertas, cuánta pieza fina
para las señoras lavan sin cesar;
enaguas de seda, rica muselina;
¡género elegante que llegó de China,
cuyo importe alcanza para un mes de pan!

Rica vestimenta de la gran señora
que derrocha perlas en superfluo ajuar,
que en el rico alcázar la virtud ignora;
y la mano esquiva de la lavadora
que el honor no ostenta sobre el anular.

Cuándo podrán ellas, las desheredadas,
adornar sus cuerpos con un lujo tal;
ellas que sumisas, todas encorvadas
cantan con el gallo por las madrugadas
y a sudar comienzan al primer cantar.

Tanta vida noble, tal virtud austera,
tanto buen ejemplo de resignación,
¿no tendrá su pago? Quiera que no quiera
que lo tenga, el cielo, cada lavandera ruega
sólo al cielo que haya un bravo Sol;

que al señor agrade su trabajo amigo,
que a la ropa blanca no haya que pedir;
lo demás, no importa....; ¡que haya pan y abrigo,
que no falte lumbre, que no falte trigo;
¡lumbre, para el rancho; pan, al chiquitín!...

Escritor: Federico Bermúdez y Ortega.